La mayoría de los penitenciarios lo son por necesidad y no por vocación

El diario El Litoral, ha publicado un informe en el que hace referencia al estudio publicado semanas atrás por la UNL donde se analiza la situación de los empleados penitenciarios.

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A continuación reproducimos los puntos más importantes de la nota:

Por necesidad

Uno de los segmentos del estudio se focalizó en la mirada de los penitenciarios sobre su propia labor. Y en función de esos resultados, Sozzo concluyó en que el trabajo penitenciario no nace de la vocación profesional. “Prácticamente siete de cada diez señalan que empezaron la carrera buscando estabilidad y salarios, y no por vocación. Y ese tipo de porcentajes ( siete de cada diez, seis de cada diez) se mantiene estable en una serie de preguntas que les hacemos acerca de si cambiarían de trabajo o si les gustaría tener un trabajo que no consistiese en estar en las prisiones. Allí -explicó-, aparece siempre una imagen muy fuerte de las personas diciendo ‘nos gustaría hacer otra cosa distinta de la que hacemos’”.

Para el investigador, estos datos revelan “una insatisfacción con la propia ocupación que es muy alta”, y que no se registra en otras actividades.

Una segunda conclusión fue que muchos de los penitenciarios consideran que su trabajo les provoca un alto nivel de inseguridad. “Seis de cada diez tienen una mirada sobre su actividad como un trabajo en riesgo, que permea varias respuestas. Hay una imagen muy difundida de que muchos guardiacárceles visualizan a los presos como personas que generan desconfianza, por ende generan temor, por ende generan inseguridad. La cadena es muy clara -planteó-: en varias preguntas, más de la mitad tiene la idea de que el preso es una persona que miente, que te puede amenazar y atacar en cualquier momento… Entonces, esa mirada de desconfianza es una fuente de generación de inseguridad y de estrés ocupacional extraordinariamente grande”, aseguró.

Sobre esa base, apuntó que consultados sobre el impacto de su trabajo en la vida cotidiana, la mayoría señaló altos niveles de nerviosismo y de estrés. “Tenemos, entonces, una imagen del trabajo penitenciario que es cargada de negatividad”, comentó..

Carga negativa

A la par de esa carga de insatisfacción, emerge en el estudio la concepción que los penitenciarios recogen de la sociedad sobre su trabajo y que también es negativa.

“Hay una cosa que ellos sostienen muy interesantemente -dijo Sozzo-; ellos consideran que su trabajo tiene un escaso nivel de prestigio público. Preguntábamos específicamente si consideran que su trabajo tiene una mala imagen en lo público y si esa mala imagen está justificada, y seis de cada diez dijeron que sí. Eso revela una imagen negativa del propio trabajo también desde el punto de vista de cómo los otros miran ese trabajo. Es más, tres de cada diez penitenciarios dicen que no les gusta comentarle en su vida cotidiana a otras personas que trabajan en las prisiones. Tenemos una imagen de los agentes penitenciarios de su propio trabajo en la mirada de la sociedad muy crítica”, afirmó el investigador.

Ésta última conclusión es considerada clave para el estudio. Porque si bien el agente penitenciario concibe su trabajo como peligroso y eso le genera estrés ocupacional, es también la imagen social de desprestigio construida más allá de los muros la que se cuela y refuerza la carga negativa que el guardiacárcel tiene sobre su trabajo.

“Los trabajadores penitenciarios son ciudadanos y viven fuera de la prisión también. Por ende, las imágenes del delito y de quienes delinquen que circulan en la vida social, también incluyen en estas imágenes”, explicó Sozzo. Esta influencia desde “el afuera” reaparece ante otros interrogantes (ver aparte), y es esa diversidad de respuestas la que invita a repensar el concepto de un sistema penitenciario como institución cerrada y vertical.

 

EL DATO

Ficha técnica

La investigación constó de dos etapas: la primera fue con encuestas a personas privadas de su libertad, cuyos resultados se presentaron en octubre pasado; la segunda, aborda la situación de las prisiones pero según la experiencia de los trabajadores penitenciarios. Para este último caso se utilizó un cuestionario autoadministrado integrado por 185 preguntas estructuradas y cerradas. Fueron encuestados 320 funcionarios penitenciarios, entre oficiales y suboficiales. Se realizó entre agosto y septiembre de 2011. El trabajo fue financiado por la UNL y la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la provincia.

¿Cerrados y verticales?

  • Una de las preguntas del cuestionario giró en torno a la finalidad que, a los ojos de la sociedad, tiene hoy la prisión. Allí, un 25% respondió “la reinserción social”, un 30% “el castigo”; y otro 30%, la “neutralización de los individuos” para que no vuelvan a delinquir.

“En función de estos datos, seis de cada diez trabajadores penitenciarios consideran que la prisión es valorada por la sociedad pero no por la función que le asigna la ley (la reinserción social)”, explicó Sozzo. Y advirtió que esa mirada también se reproduce en la concepción propia que poseen sobre el objetivo de una cárcel.

“Muchos reproducen el discurso oficial (cuatro de cada diez dicen que es la socialización), pero las otras opciones -neutralización y castigo- también se cuelan en el vocabulario de los trabajadores carcelarios. Pareciera ser que lo que lo que la sociedad reclama también penetra en sus pensamientos acerca de para qué sirve la prisión”.

A su criterio, ése es un punto “crucial” para el estudio y para el debate sobre las instituciones penitenciarias. “Se trata de discutir en qué medida pensamos que la cultura ocupacional de policías o penitenciarios es una cultura cerrada sobre sí misma, una especie de subcultura; o en qué medida pensamos que en realidad, las personas que trabajan en estas instituciones están sumamente influenciadas por lo de afuera. Hay como dos grandes ideas que entran en tensión a partir de eso en torno a este fenómeno”, comentó.

Fuente

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